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Cuando el arte ataca
Suplemento Radar del diario Página 12
2007
Natali Schejtman


Ataque de Suecia. Esas palabras se escuchan desde las oficinas de la galería de la boca de la galerista, en alusión a quién sabe qué. Pero casualmente funcionan como música correspondida para la primera impresión, romántica y paisajística, que causan las pinturas de Max Gómez Canle.

Lástima: el acorde tomado de prestado es un buen acompañante, pero sólo para un primer enfrentamiento, liviano, a esos cuadros que pronto ven ensombrecida su parsimonia y se vuelven cuentos tensos y amenazantes. Así que nada de Suecia.

Primero, porque hay una mirada que antecede al paisaje: lo enmarca al tiempo que hace florecer su vuelo poético y narrativo. La perspectiva está en todos lados: aparece pintada como un acotamiento, un marco dentro del marco, poniéndonos en una especie de escondite desde el cual podemos ver a través de un vidrio lo que pasa del otro lado sin que nadie se dé cuenta. También, en la firma del artista, injertada en lugares inesperados, en una rama, en un escalón, escondida entre cuadrados, como parte de un juego escurridizo. O en la arbitrariedad de árboles que nacen de piedras. Y, sobre todo, en las puntadas del artista, las que trastocan el clima de la primera vista, volviéndolo todo un poco fantástico, surreal y muy enrarecido. Esa al menos es una manera de mirar esos cielos que se caen a pedazos, cuando alguien decidió romper el aire y fraccionar la nebulosa en cuadrados, tal vez tentados por aplastar los árboles y tapar el descampado tan armónico. O una escalera que termina en el aire, como un trampolín violento hacia el río, plantada en la orilla como si fuera otro de los árboles. Un paisaje con una escalinata de ingreso a ese escenario o de caída abrupta y accidentada, si algún caminante lo atraviesa distraído. Los troncos sin copas, o con las copas arrancadas, o una de las imágenes estelares de la muestra: una cabeza algo azteca y algo egipcia, dorada, perdida entre la vegetación brillante y aceitosa, mirándose hacia un espejo que es una chapa de bronce. Todos, o la mayoría –también una Antiventana que se aparece maciza y contundente– incitan preguntas: qué pasó antes, quién estuvo por ahí, cómo llegó eso, cuándo fue que pasó el temblor. Alejados pero en diálogo con el idilio báltico y las sin-palabras que gritaban los cuadros de Caspar Friedrich, cuando enfrentaban al hombre retirado con el valle, el mar o la montaña.

Hijo del hijo

Porque hay otro tipo de perspectiva, además de la que frunce la paz del paisaje. Es la que mira y celebra la evolución de la pintura y hace que la obra sea, digamos, adulta, o por lo menos superada de un parricidio adolescente. En el recorrido de la muestra se cruzan movimientos pictóricos universales, entrelazados por una experiencia sensible, emotiva y también festiva –regodeada– del artista: romanticismo, técnicas legendarias como tratar el cobre con ajo, restos de cultura milenaria e intromisiones surrealistas, a veces actualizadas por las tentaciones de la proyección 3D: ésa es una simbiosis particularmente expresiva en un cuadro-homenaje al surrealista Roberto Aizemberg y su obra Padre e hijo contemplando la sombra de un día, en el que dos figuras borrosas y pequeñas miraban, de espaldas al espectador, un espectáculo natural que los hacía todavía más borrosos y pequeños. Acá está el paisaje montañoso y están contemplándolo, ahora, tres generaciones –el hijo ya es también padre–, verdes, sintéticos y robóticos. Tecno.

Justamente esta imagen es una de las que se repite en la otra muestra actual del artista, la instalación sonora y visual La Suite D’Or en el Centro Cultural Recoleta. Por un lado, de nuevo tres generaciones contemplan la montaña, esta vez todavía más economizados, convertidos en cuadrados de mayor a menor, sin siquiera las piernas y los brazos geométricos que todavía mantenía la familia anterior. Por otro, un video digital que es como un Tetris atravesado por los ojos de Gómez Canle va construyendo una montaña interminable sobre el llano, en sincronía con la ambientación sonora de Nicolás Bacal, que compuso una obra abstracta para piano interpretada por Violeta Nigro Giunta e inspirada en la pieza romántica En la sala del rey de la montaña, del compositor noruego Edvard Grieg.

Arte de camara

Si el juego de palabras de La habitación del oro –los dos tipos de suite– es el primero que aparece, podríamos agregarle un tercero, que convierte esta cápsula climática confortable en una faceta más dulce y cálida, otra fantasía contrapuesta, en parte, a la muestra en Braga Menéndez. El cuarto es chico y la música da intimidad. La varita mágica del color dorado le polvorea olor a terciopelo a toda la sala. Sobre estantes, reposan la partitura –en pentagramas dorados sobre papel negro– y los cuadros. En unos, las tonalidades y las construcciones pueden llegar a recordar la tierra y la mitología del desierto arábigo. En otros, la pintura juega con la perspectiva de una pirámide –arquitectura arqueológica y banquete geométrico–: dos cuadros hexagonales de distintos tamaños. En uno, la pirámide sale del paisaje a la tercera dimensión. En el otro, entra como un agujero negro. O dorado.

El mundo que se rastrea en Gómez Canle explicita referencias con la historia de la pintura. Así como en la sala del Recoleta se menciona el homenaje a Aizemberg, la muestra en Braga Menéndez obsequia como souvenir un catálogo casero de una hojita naranja que es como un collage con los bocetos de las obras, anotaciones teóricas y las influencias, puestas casi casi como un programa a seguir, pero también como un chiste interno (consigo mismo): “La luz de chanfle, argentina. Lacamera, Pettoruti”, Giorgione, los videojuegos, Xul, Bruegel y dentro de un corazón, como esos que enmarcaban las parejas flamantes en la primaria, aparecen Friedrich y Aizemberg.

Lo bueno del caso es que estas citas no son guiños de especulación. Al contrario: tienen mucho de intimidad, de algo que no pasa del boceto al cuadro directamente, sino que se detiene en el piquete de la mente del artista, carne de esa polea llamada “uno es lo que hace con lo que hicieron de uno”. Más bien este mundo de nombres propios acentúa una relación entre él y La Historia Del Arte, con todas sus mayúsculas, que cuando llega a los cuadros se plasma como una instintiva, ingenua y encantadora celebración de la pintura, de la luminosa posibilidad de inventar arbitrariamente una narración en un cuadro y construir brumas hermosas llenas de preguntas.

Con dos muestras en simultáneo –una exclusivamente de cuadros en Braga Menéndez, otra dentro de una instalación en el Recoleta–, Max Gómez Canle ofrece una visión generosa, misteriosa e individual de lo que un artista puede hacer cuando asume la historia del arte como estímulo, inspiración y alimento para su mundo propio.


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