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El revés de la obra bestial y refinada de un virtuoso pintor contemporáneo
Libro
2015
Viviana Usubiaga


En la historia de las artes visuales existen artistas que han concebido a la pintura como una ventana abierta al mundo, como una abertura que recorta un fragmento de la naturaleza para imitarla; con el objetivo de representar esa naturaleza han ideado innumerables trampas para el ojo, cada vez más efectivas para capturar la visión en las profundidades inexistentes de una tabla o una tela tensada sobre un bastidor. Existen otros, en cambio, que han experimentado la pintura como creadores que se deslindan del concepto de mímesis para trabajar con el propio lenguaje pictórico; su meta ha sido no reproducir sino inventar nuevos mundos, subrayar la superficie del lienzo con formas nunca antes percibidas por el hombre en la naturaleza. Max Gómez Canle pertenece a la raza impura de pintores que, contemporáneamente, cruzan lo mejor de ambos linajes, al tiempo que interceptan la tradición de las bellas artes con los efectos técnicos y tecnológicos de la cultura visual actual. Junto a otros obstinados pintores, este laborioso artista ha logrado expandir y enrarecer los alcances de la pintura, que como disciplina desde la modernidad a esta parte fue varias veces desahuciada.

En sus comienzos Gómez Canle incursionó en la realización de audiovisuales donde animaba paisajes de manera algo trash y conjugaba apariciones monstruosas con imágenes pixeladas. Algo de aquel estilo que evocaba los escenarios de los primeros videojuegos, donde reinaban las apariencias geométricas, permaneció en su universo desde que decidió concentrarse en la práctica pictórica y sus derivas. Ya en su temprana Primera montaña el ahora pintor establecía una economía de elementos que serían el núcleo de su repertorio de trabajo: la criatura que se camufla en el paisaje y le da ánima; la tensión latente en la simultaneidad de diferentes sistemas de representación conviviendo en el interior del cuadro; y el artificio del marco exacerbado al punto que se vuelve tan tema de la obra como lo que delimita. Es que Gómez Canle no representa simples paisajes, hurga en la historia de la pintura occidental, enfoca, selecciona, recorta y luego copia aquello que se ubica en los fondos, en los márgenes, en el más allá de la escena. Da autonomía a esos fragmentos esquivos a la mirada en sus telas de origen y los convierte en protagonistas de sus propias piezas que son, sin duda, verdaderos ensayos sobre la visión. Ensayos que recuerdan el anacronismo de la imagen al sumar elementos cercanos y estilos remotos.

Los modelos de sus pinturas provienen del mundo editorial de las reproducciones de obras de arte. La “Pinacoteca de los genios” y otros fascículos han sido su museo imaginario al cual recurrir para el ejercicio de la copia que inicia el minucioso proceso de sus creaciones. Los maestros del Renacimiento, el Manierismo, el Barroco y el Romanticismo, así como los artistas modernos internacionales y referentes locales confluyen en sus pinceladas. Sus pinturas subyacentes solapan bosques invernales de Brueghel vistos a través de marcos recortados de tradición Madí que parecen, a su vez, eclipsados por la luz sólida de un Pettoruti (Binocular); integran impunemente la evocación del saber pintar de un lejano Jan van Eyck con motivos absorbidos de Roberto Aizenberg en atmósferas de puro extrañamiento (Be a fortress y Torre verde); acumulan conos o prismas de luces y sombras sin origen visible sobre paisajes ajenos (El reflejo de día); reflejan algo que no está representado; son transitadas por cuerpos geométricos en páramos rocosos con cavidades que recortan otros micropaisajes (Modernisme Rituel).

En su Escalinata II el artista descarta la composición ya desplazada de un descendimiento de la cruz de Rafael y cava la tierra para que la visión ascienda ya en el umbral de la pintura. Nos preguntamos: ¿cuál es el borde?, ¿dónde empieza?, ¿dónde termina? Max Gómez Canle hostiga una vez más el plano que elige como soporte. Evoca los cielos de un Oscar Bony en la dislocación de otros inasibles firmamentos (Paisaje en modo excéntrico). Ensaya una y mil variantes para, literalmente, “dar vuelta un cuadro como una media” y develar los confines de su propia estructura (El marco interior). En sus búsquedas por desplazar las fuerzas centrípetas de nuestra visión moderna, centralizada, que ha sido construida y forjada desde otros continentes y durante siglos de artilugios perspécticos, el artista desanda el camino para rastrear las posibilidades de la visión periférica propia de las denominadas sociedades primitivas, “la visión de los cazadores”, nos dice. Así, el pintor como cazador de una esquiva belleza que intenta atrapar con delicadeza bestial (La Bête Peintre – Manifeste), explora las potencialidades del espacio vacío –metáfora de la vastedad nuestras pampas–, y de la pintura en la periferia de un mundo central y lleno. Estos deslizamientos de la visión normativa abren el espesor de la representación y dan lugar a la posibilidad de elegir dónde mirar (Invasiones mutuas I) o cómo mirar (Peludo monocular). Los seres peludos han sido recurrentes en sus pinturas y lo serán aún más en los retratos que se avecinan en las series más actuales. Hay referencias explícitas como sujetos de acción en sus pinturas o implícitas cuando nos coloca a nosotros mismos como bestias que observan desde un encuadre pelo a pelo, o cuando vemos nuestro reflejo velludo al asomarnos a alguno de sus cuadros. En este juego de lo humano y no humano se conjugan también los indicios de presencias animadas en paisajes aparentemente desolados. Tal es el caso de Voyant Naturel, donde tras la certera identificación de una cabeza monumental, comenzamos a percibir la activación de otras miradas que perturban nuestra propia contemplación de la obra, la naturaleza ha sido sutilmente antropomorfizada, y varios ojos están allí para interceptar nuestra visión.

La pintura de Max Gómez Canle logra encantar sin ser complaciente. Se trata en definitiva de un pintor cautivante que en las oscilaciones entre un arte de ventanas y antiventanas, nos hace deleitar cayendo en las trampas de su profunda pintura, mientras crea infinidad de anzuelos para llevarnos nuevamente a las superficies y renovar el pensamiento crítico sobre lo que vemos.

Texto publicado en el libro Max Gómez Canle de la colección Grandes pintores, Editorial Aguilar.
 

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