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Puntos de vista: Max Gómez Canle en la residencia para artistas Flora
Blog de arteBA Fundación
2014
Max Gómez Canle


Febrero en la residencia para artistas de Flora ars+natura, en Honda, Colombia. A la vera del río Magdalena. Investigué y reflexioné, recorrí la ciudad y su entorno natural, conocí su historia. Simultáneamente, estuve pintando durante las tres semanas de estadía allí. Armé mi tallercito junto a la puerta de calle para ver pasar a la gente que subía y bajaba la barranca. Sobre una mesa de plástico prestada (gracias a Patricia, la cocinera, que, además, me enseñó a hacer arepas y patacones) un kit básico de óleos y pinceles y un block de hojas Arches para pintura.
Encaré mi estadía sin un proyecto preestablecido para seguir exclusivamente las líneas de trabajo que se me presentasen allí. A partir de mis caminatas, mis apuntes y registros fotográficos y, también, de mis estudios previos en Bogotá acerca de la historia iconográfica del lugar, inicié tres grupos de pinturas que, luego, confluyeron en una muestra en el gabinete/vidriera de la sede bogotana de Flora y que nombré “Fisonomía del tiempo”, como metáfora del río y, a su vez, como la fisonomía imposible relacionada con el tiempo detenido de Honda, en contraste con el río imparable. Hice nueve pinturas, de 20 x 30 cm aproximadamente, algunas con superposiciones y otras caladas, y las monté sobre una placa enchapada en madera que, a su vez, estaba separada del fondo del gabinete -pintado de gris neutro medio- por unos 10 cm.
De los tres grupos, el primero partió de la idea de relacionar mi pintura con el lugar de una manera “científica”, la pintura como instrumento. Para esto, realicé un cyanometro (instrumento para medir el color del cielo y su nivel de humedad, cuya invención es atribuida a Humboldt y a Saussure) y, luego, extendí la idea a un “riometro”, hipotético equivalente para medir los cambios de color en el río, el paso del tiempo evidenciado en su superficie (un rasgo fisonómico), la superficie de algo que es, de por sí, el paso del tiempo, el río. Estos instrumentos me acompañaron en mis siguientes recorridos y derivaron, luego, en dos estudios de color y de paso del tiempo, uno sobre el mismo río y otro sobre las montañas fundiéndose en las nieblas matinales.
El segundo grupo partió de la elección de tres momentos históricos iconográficos de la representación pictórica del Río Magdalena en la región. Tres paisajes. El primero, un grabado de la expedición de Alexander von Humboltd (1769–1859) por la zona en sus estudios fisonómicos; el segundo, una pintura de paisaje idílico tropical realizada por Frederic Edwin Church (1826–1900), que siguió la ruta de Humboldt en busca de exotismo y espectáculo; y el tercero, un amanecer romántico, impresionista y atormentado de Jesús María Zamora (1875-1949) en pleno siglo xx. Decidí iniciar una búsqueda de cambios y permanencias entre estos momentos, estos paisajes tan distintos entre sí incluso en su intención de dispositivo y, también, entre estos y el valle del Magdalena actual. Como pintor que soy, que solo empiezo a entender algo cuando lo pinto, esta búsqueda comenzó, por lo tanto, con la repintura de estas imágenes, las copié de referencias en libros y en la web. En este proceso, calé estas remakes, dejé libre el centro, abriendo una ventana para convertirlas en instrumentos de búsqueda que también llevé en mis recorridos, como buscadores de esos “magdalenas” idílicos, con sus similitudes y sus diferencias. Esas búsquedas generaron, a su vez, una serie de fotos documentales que llamé “Buscando el Río Magdalena”.
Finalmente, el tercer grupo fue una selección de ideas de relación más libre con el lugar, fruto de asociaciones surgidas en las caminatas de reconocimiento, el Magdalena y su situación como disparador, el uso de la representación y la búsqueda de metáforas visuales para entender y conocer algo más del mundo. En “Anti-río” hay un reordenamiento metafórico de los elementos preponderantes río, tierra, puente que continuamente se cruzan, partiendo y comunicando y, en este caso representé alineados, en un orden subvertido y en fuga infinita. “Oscuro y tropical” es un paisaje bien oscuro y melancólico típico de Honda, cargado de buitres y árboles muertos a la vera del río, que refleja a su vez un cielo de colorido “tropical” a la manera de Church a través de una especie de bijouterie para árboles que, a su vez, vuelve antropomórfica la escena. Y “Pintura hundiéndose”, la imagen más autorreferencial, agrega un monstruo a la fauna fantástica local, de por sí nutrida, y este nuevo ser sería la pintura hundiéndose, ya sea fracasando en su intento de aprehender el mundo o fundiéndose en una especie de arcilla temporal. Pero, la pintura, cuerpo al fin.
Para mí funcionó el grupo como intento de relacionarme, a través del acto de pintar, con el lugar, su historia, su naturaleza imponente y a la vez esquiva, imposible de encontrar en estado puro, la tensión fuerte que hay entre ser parte de la relación o simplemente más contaminación.
 

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